Jueves, 28 Octubre 2021

Alejandra Pizarnik o el lenguaje exacto

Publicado el Jueves, 29 Abril 2021 15:10 Escrito por MARIANO OROPEZA

Viajera incansable de los sentidos de las palabras, y las identidades, con un cuchillo en la oscuridad, la poesía y prosa de Pizarnik nos convoca con el uno. Que somos todos.

“Me gusta el lenguaje exacto, le mot juste, las cosas correctas, terriblemente visibles y que se levantan como se levantan del papel las letras del poema de Quevedo que acabo de releer”, escribía la madura Alejandra Pizarnik, la niña atormentada que no dejaba libro por leer, la mujer que construyó un personaje para ser una sombra del mundo, en un recodo que deriva a la luz. Habitualmente asociada a la visión sentimental de la poeta maldita, o de escritora difícil, Pizarnik desborda el mito con una poesía que siempre deseó ser prosa urgente, y que fue testimonio feroz y silencioso de las luchas contra  un pensamiento único aplastante: “Mi última palabra fue yo, pero me refería al alba luminosa”. Despojar a Pizarnik de su lápida trágica, y reírnos con ella de la vida y la muerte. No olvidar el cuchillo ni la flor de la mañana siguiente.

Flora Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Hija de judíos inmigrantes escapados a tiempo del Holocausto; salvo un tío paterno sobreviviente en París y una tía materna emigrada a la Argentina, todos fueron asesinados por la barbarie nazi, una marca familiar que la hostigaría tras sus pasos.  Alejandra  se trasladaría de adolescente al barrio que será el mismo hasta sus días finales, el de la calle Montevideo al 900. Elías Pozarnik y Rejzla Bromiker, mal inscriptos cuando llegan desde Polonia como Pizarnik y Rosa, prosperan en el rubro de la joyería,  y crían a sus hijas con cierto desahogo pero diferenciado a la “perfecta” Myriam de la Flora “Blume” –flor en yiddish, el idioma que aprendió en el colegio de Avellaneda,  Zalman Reizien Schule, flores que perfumarían sus poemas-  “Ella no teme la muerte. Sabe que “la otra” no morirá. Es más aún: morir significaría tal vez –y ésta es su esperanza– incorporarse a sí misma, abrazarse sin miedo, atreverse a abrir los ojos y mirarse. Mirarse por vez primera. Por eso quiere morir… Pero sobre todo creer en la propia inutilidad. No apasionarse por nada propio ni ajeno. […] Conocer que la esperanza es una mentira, que lo absoluto en la única aspiración legítima y que es inalcanzable. […] Negar a la esperanza, a la espera y al sol. Agonizar con los ojos cerrados, sin apelación”, aparecen la problemática del doble tempranamente sus diarios,  a los catorce años.

Comienza una lectura voraz de autores surrealistas y existencialistas, en especial en la Biblioteca Nacional de Maestros del Palacio Pizzurno –que atesora su archivo y biblioteca junto a la Biblioteca Nacional y la Universidad de Princeton en Estados Unidos-,  al tiempo que acumula una aplastante adicción a los fármacos  “alejandra alejandra/ debajo está mi nombre/alejandra” son los versos aparecidos en 1956 en su primer libro reconocido por la misma Pizarnik, “La última inocencia” (1956). Una viajera que levanta anclas para su travesía.

Decimos reconocido porque antes apareció por la editorial Botella al Mar, “La tierra más ajena” (1955), un poemario repudiado en vida por Alejandra, y que llegó a quemar las copias que encontraba.  La exigencia con ella misma era inflexible, en alguien que se imaginaría como la “última poeta” Entre ellos se hallaban versos que marcan su evolución en el cenáculo de la vanguardista revista Poesía Buenos Aires, que se proponía superar el neorromanticismo de la poesía nacional de la década anterior, y  con las innovaciones que provenían de los existencialismos,  y la tendencia superrealista  europea. La poeta accede a través de la amistad con su docente de la Facultad de Filosofía y Letras UBA,  el escritor invencionista Juan Jacobo Bajarlía, que sería su primer protector,  y la conecta con los surrealistas de Aldo Pellegrini. En los últimos poemas publicados que firma con el Flora, ya que a partir del año siguiente sería por siempre Alejandra, Pizarnik incluye “La enamorada”, quizá los primeros versos que vieron el papel, y que contiene el profético “te duele la vida tanto tanto/desesperada ¿a dónde vas?/desesperada ¡nada más!”, en un dejo de su admirado César Vallejo. Fue Bajarlía quien le recomendó eliminar Flora en la edición de “La última inocencia”, que saldría por la editorial Poesía Buenos Aires.   

París, Buenos Aires, Cortázar, noche abierta, noche presencia

Entre 1960 y 1964 reside en París, una ciudad que agiganta su avidez cultural, anima la relación con otros artistas internacionales; entre ellos Julio Cortázar que se transforma en otro punto de apoyo en sus frecuentes trastornos anímicos, además de compañero intelectual y creativo. Allí  Alejandra consolida una imagen pública de enfant terrible de las letras,  que esconden una profunda soledad,  y el grito de una sexualidad que debe acomodarse a los mandatos sociales. La segunda edición de los diarios en 2013, sin el “pudor y la negligencia” en palabras de Cristina Piña de la primera edición (2003),  a cargo de la albacea Ana Becciú,  nos arrojan las palabras que claman una identidad no binaria, con amores prohibidos con hombres como el escritor Enrique Molina, y con mujeres, “En cierto modo, es como si me obligara a sufrir por ella. En verdad no tengo ganas de verla ni me importa. …Lo que hace que me fascine está en mí, no en ella. Yo no la conozco. Es un nombre. Pero no comprendo por qué no me quiere, por qué no desea siquiera saludarme. Es que tal vez intuye algo de lo que sucede y le da miedo. Por otra parte, yo debo dar miedo”, cierra Pizarnik en 1961,  quien en muchos pasajes de los diarios,  escritos a lo largo de su vida,  se autocensura en cuestiones íntimas. Aquellos años quedarían trasladados a “Árbol de Diana” (1962), con prólogo de su confidente Octavio Paz – escritor mexicano quien le conseguiría colaboraciones en revistas literarias, además de trabajos de traducción-, y que en la mitología denomina a “uno de los atributos masculinos de la deidad femenina”    

Vuelta a Buenos Aires en 1965 edita “Los trabajos y las noches”, su trabajo consagratorio a nivel local por la masiva Editorial Sudamericana, “me llamaban ángel harapiento/Yo esperaba” Enrique Pezzoni en la revista Sur anotaba, “poema de esta índole no pueden sino provocar reacciones opuestas: el rechazo absoluto o la fascinación. Comprenderlos es ceder a ese poder de reemplazo con que obran respecto al mundo. Imposible reducir la poesía de Alejandra Pizarnik a un esquema conceptual: sus versos desarman todo intento de explicación. Poesía difícil pero clara. Porque de la claridad que se vean sus imágenes depende su poder…un temor, cuando sea más intensa la visión lograda, la voz enmudezca”, acota el sagaz crítico de los próximos pasos de la poeta –también colaboradora de la revista de Victoria Ocampo, uno de los amores frustrados de Alejandra. Pizarnik, imposible reducir.

“En el fondo —escribe en su diario el 25 de julio de 1965— yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo “hincar el diente” en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos", 

señalando que desde sus inicios sus esfuerzos tendían a escribir novelas pero con la máxima pizarnikiana, en palabras de Tamara Kamenszain, escribir sin lengua, sin las normalidades,  y las políticas de control que implican cualquier idioma. Desde la perspectiva de lo imposible se “cocina a la sombra” una prosa, que a falta de nombres concretos a lo largo de su obra,  Pizarnik podrá llamar poemas o prosas poéticas o textos. La economía de las palabras de sus últimos versos apenas disimulan los infinitos blancos de la irrealizable novela. Además de las dificultades de la poeta de integrarse a la vida argentina, le incomoda hablar el idioma de los argentinos, debido a la “estupidez…la vulgaridad…también yo trato de ser vulgar a fin de tener un lenguaje en común, de participar del lenguaje de todos…la lengua natal castra” Esta nueva condición de outsider, de extranjera en su propio país, se agudizó con la muerte  su padre Elías, “Padre, padre querido, no quiero morir en este país que –ahora lo sé- odiabas o temías. Del horror que te causaba, de la extranjeridad que te producía, solamente yo puedo dar testimonio”, finaliza quien edita en 1968 “Extracción de la piedra de la locura”, que se adentra en la veta mística de Pizarnik, “al negro sol del silencio las palabras se doraban”  A fines del año empieza a convivir con una fotógrafa y se recluye en su hogar, ya no pasa noches entre bohemios, alcohol y anfetaminas, aunque su casa sigue siendo punto de encuentro de talentos desde Fernando Noy a César Aira –el escritor y ensayista clave en una lectura no patética de Pizarnik en los dos mil. Enfrentado el “lectoto o lecteta” que detestaba la final Pizarnik, que repudiaba que se viera en ella solo drama y oscuridad.     

La polígrafa animal

Entre 1969 y 1972 comienza a garabatear los textos narrativos donde “cada palabra narra sola”, una suerte de narrativa minimalista que podía ser teatro del absurdo o prosa humorística, y que serían reunidos póstumamente en “Textos de sombra y otros poemas” (1982) “Los perturbados entre las lilas” y “La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa” tienen el mismo estilo inventado por Pizarnik, escriborrotear (escribir + borronear + abarrotar), que propone desarticular las trampas de un lengua único, las trampas de creer en un autor singular, un lenguaje anárquico por venir,  “SEG: ¿quiénes son López y Planes? CAR: Los trillizos que hicieron el himno nacional SEG: Mi único país es la memoria y no tiene himnos”, remata entre risotadas Pizarnik y libera el himno para todos. Y aunque “nadie se ríe” Pizarnik aumenta la apuesta en la bizarra historia animalizada siguiente, aquella de la bucanera que aúna el sexo y la muerte en una obscenidad desaforada, “lo posterior de la risa…es exactamente lo que queda después de haber hecho el amor toda la noche: un gusto a muerte, a desierto de cenizas”, en el diario de 1961, y en la bucanera en 1970, “Pedrito pide psilencio –dijo el pericón nacional- ¡qué  hable Flor Frígida! Que Flor de Perversidad nos inculque la pornografía por Antonio Macía. Por pirómano, por pijómano, por polipijista, por pornodidascalus…el profesor Sigmund Florchú es mereciente de nuestra verde atención, aún si se perorata y perornada y paralelepípeda  incluye loros, cojas, enanos, priapistas, vaginillas aristotélicas, heraclitoriadeanas y ecuatorianas”, tan cercana a la prosa de Osvaldo Lamborghini, un compañero de ruta en eso de escribir contra la lengua, contra natura.

Pizarnik inicia una terapia diseñada por el célebre psiquiatra Pichon-Rivière, que supuso una mejora temporal en su situación mental, y  publica “Nombres y figuras” (1969), “La condesa sangrienta” (1971, escrito en 1965 sobre la vida de la condesa de Báthory, asesina de 650 muchachas en el 1600, “la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”), “El infierno musical” (1971),  y ganó la beca Fullbright, con el cual realizó un viaje breve a New York, y  que la defraudó al igual que un retorno a su querido París, ahora “americanizado” Parece que no hay lugar en el mundo para Alejandra pese a que expresa a su amiga Ivonne Bordelois, en un cita de Daniel Link, “ojalá viva mucho, es mi única punto de referencia”  

En una de las últimas internaciones en el Hospital Pirovano en 1972, Alejandra lanza el canto de cisne “Sala de Psicopatología”, probablemente uno de sus poemas más despojados, y que recién se conocieron en los dos mil. La sinceridad de la “última poeta” Pizarnik va lejos en los versos terminales: “El lenguaje/ yo no puedo más,/ alma mía, pequeña inexistente,/ decídete;/ te las picás o te quedás, / pero no me toques así,/ con pavura, con confusión,/ o te vas o te las picás,/ yo, por mi parte, no puedo más”  Alejandra Pizarnik  fallece en su departamento de la calle Montevideo la madrugada del 25 de septiembre de 1972 luego de ingerir cincuenta pastillas de secobarbital.  Fue velada al día siguiente en la Sociedad Argentina de Escritores, que prácticamente se  inauguró con sus exequias,  en la calle Pacheco de Melo. “El suicidio determina/un cuchillo sin hoja/Al que la falta el mango/Entonces:/adiós sujeto y objeto” es el supremo movimiento de la vida en la muerte, la muerte en la vida, que continúa en un eterno retorno de en un mundo sin dualismos. Hacer un mundo para que Alejandra se quede, un mundo donde te acepte viva, Alejandra, significa hacer un mundo sin nombres propios, con nombres comunes, exactos de la inocencia y el amor, “no es jamás lo que queremos decir; siempre, no se trata de eso; explicar con palabras de este mundo/ que un barco a partido de mí, llevándome”.

1956 también es un año clave por las  terapias con  León Ostrov, que se internan en la profundidad de su subjetividad,  y redondean la temática de Pizarnik que reconocería la suprema orfandad, Vida y Muerte,  y la voz interior,  como motores, “ya comprendo la verdad/ahora/a buscar la vida” Abandona sus estudios universitarios, intenta seguir estudiando periodismo (técnicas de síntesis que reutilizaría a lo ancho de  su trabajo artístico, y en las  contudentes colaboraciones postreras, "La poesía es el lugar donde todo sucede" escribía en la prensa, en 1968), y recala en los talleres de plástica de Juan Batlle Planas, que la impulsa a un obra plástica que poco se conoce –aunque fue admirada por Manuel Mujica Láinez, que escribió un soneto para una exposición de 1966 “Las aventuras perdidas” (1958), dedicado al poeta Roberto Vela, se inunda de una de las imágenes recurrentes de la poeta, el pájaro, “el pájaro profeta”, “pájaro sabio de amor” o “los pájaros queman el viento”, algunos que se pueden hallar en sus obras posteriores, y que tiene el potente fundante “El despertar”, dedicado a Ostrov, “Señor/la jaula se ha vuelto pájaro/ y se ha volado” Entabla una íntima relación con Olga Orozco, con quien compartía los pasajes a la noche y la infancia como contraseña. Será una de las más cercanas amigas de Pizarnik y le dedicaría Orozco  el poema homenaje "Pavana para una infanta difunta", símil título a la composición musical de Ravel, que Pizarnik adoraba como a Vivaldi y Janis Joplin,  escribe Olga en 1972,  “Pequeña centinela,/caes una vez más por la ranura de la noche/sin más armas que los ojos abiertos y el terror/…Pero otra vez te digo,/ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:/en el fondo de todo jardín hay un jardín” Pizarnik sale a jugar, libre, al fin.

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